El viaje inolvidable

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Con dos meses de anticipación había planeado un viaje sorpresa para celebrar el cumpleaños de mi marido. Tenía básicamente dos destinos en mente, uno nacional y otro internacional; sin embargo, como no disponíamos de muchos días, casi estaba decidida a que el viaje sería a una playa mexicana, así que me dediqué un día completo a buscar un hotel lindo, para adultos, todo incluido, no quería que él pagara nada. Después de mucho pensarlo, me había decidido por uno.

Una mañana, antes de hacer la reservación en el hotel, sólo por no dejar, le dije: “Amor, ya sabes que estoy planeando una sorpre para tu cumple, ¿quieres que incluya al gordo o sólo tú y yo?”. Se quedó pensando unos segundos y contestó: “Como tú quieras”. Perfecto, mi idea seguía en pie y no modificaría el plan, nos iríamos él y yo, y Bam Bam se quedaría con mi mamá. Seguí arreglándome y de repente escuché: “Ay no, mejor con él, es que es mi primer cumpleaños como papá”.

Así que comencé de nuevo la búsqueda. Los requisitos eran prácticamente los mismos, hotel lindo, todo incluido, en la misma zona, pero familiar. Por suerte, vi uno de la misma cadena que me encantó. Sin pensarlo mucho, llamé, confirmé y en pocos minutos ya tenía todo listo para el viaje de tres.

Un día antes de irnos, ya en el trabajo, recibí un mensaje del marido: “Bam Bam ha vomitado tres veces, ya le hablé al doctor, si continúa así lo llevaré a revisión”. Parecía broma, en 11 meses y medio de vida, nunca se había enfermado, y justo estaba sucediendo por primera vez un día antes de nuestro viaje y del cumpleaños de su papá.

Tras mandarme una serie de reportes sobre lo ocurrido en casa mientras yo continuaba en la oficina, me anunció que lo llevaría al pediatra porque, aunque había mejorado un poco, quería que nos fuéramos tranquilos. Después de la consulta, me avisó que todo estaba en orden, al parecer era sólo un empacho. Asunto arreglado.

Ese día me dormí cerca de las 2:00 de la mañana haciendo la maleta del gordo y repasando mil veces la lista de las cosas que no debía olvidar.

El taxi llegó por nosotros a las 8:00 de la mañana y ya en el aeropuerto, Bam Bam no daba muestras de dolor o molestia y había retenido los líquidos y alimentos sin problema. Todo estaba en orden, a excepción de que yo tenía náuseas y mareos, pero nada preocupante.

Por simple precaución, le di Dramamine al gordo antes de abordar y no hubo contratiempos durante el vuelo. Antes de aterrizar, el capitán dio las condiciones climáticas. Primer error: “Está lloviendo y al parecer lloverá todo el día”.

Después de que el marido recogió el equipaje, salimos a buscar a la persona que nos llevaría al hotel; mientras esperábamos al conductor, llegó un hombre corriendo a decirme: “¿Puedo ver su maleta?”. Volteé a verlo con cara de ¿qué te pasa? Añadió: “Creo que se llevaron la mía”. Chequé la que yo traía en la mano y no había error, era la nuestra; después volteé a ver la otra y, efectivamente, el marido se había equivocado. Se la regresé, le ofrecí una disculpa y me metí corriendo al aeropuerto a ver si encontraba la mía, pero el policía no me dejó pasar. Por suerte, la esposa del dueño de la maleta seguía adentro esperando a que apareciera su equipaje extraviado y nos ayudó a rescatar la negrita olvidada.

Ya instalados en el hotel, fuimos a comer. No había pasado ni una hora cuando el marido anunció que se sentía mal. Para las 6:30 de la tarde que llegó el pastel con dedicatoria especial, ya estaba enroscado en la cama. Acto seguido, los tres encerrados en la habitación por cerca de 24 horas. Todos con malestar, unos más que otros. Digamos que la menos peor era yo. Ya no sabía a quién cuidar, al marido o al hijo. Ambos tenían dolor de estómago, no querían comer, uno lloraba, el otro se quejaba… y yo me volvía loca.

De la dotación de pañales, quedaba menos de la mitad, lo cual comenzó a preocuparme, ya que sólo en Costco venden la etapa que usa mi pequeño gigante. Como estábamos justo a la mitad de dos lugares, o sea, en medio de la nada, no había muchas opciones en dónde buscar medicinas o municiones, léase suero, pañales y toallitas. Por suerte, después de mil llamadas, encontramos una farmacia a varios kilómetros del hotel y el problema se solucionó.

El segundo día, los enfermos amanecieron mejor y, a partir de ese momento, nos dedicamos a disfrutar e intentar aprovechar el tiempo de nuestra estancia.

Malestar estomacal, televisión sin canales de caricaturas en español, dieta blanda, muchas sonrisas, postres, fotos en la playa, bocados de arena, pláticas en el jacuzzi, ver y disfrutar amaneceres frente al mar, recorridos por el hotel, una plática de dos horas con agentes que nos querían vender sí o sí una membresía por 30 años o más, cama compartida entre tres, siestas al aire libre, grandes dosis de paciencia, entrega y mucho amor es lo que resume nuestro viaje familiar y el festejo cumpleañero.

A pesar de los contratiempos volvería a repetir la experiencia, pues ni todo el cansancio del mundo me quita la satisfacción de ver las sonrisas de mi esposo e hijo, ni opaca mi emoción y lágrimas de felicidad tras recibir esta carta:

“Cuando cuatro días de escape al mar, al sol, a la arena, a la tranquilidad se condimentan con amor, con pasión, con risas, con conversaciones deliciosas, con noches de aire acondicionado, con recados en la arena, con aire puro, con cuidados, con charlas de todo y de nada, con perspectiva de que uno está con la persona correcta, con paseos que quedarán guardados en los recovecos de la memoria como momentos exquisitos, uno no puede menos que agradecer a Dios.

Te amo, te adoro, te mando mil bendiciones y no sólo te agradezco el mejor regalo de cumpleaños. A la vez, el que seas esta esposa enorme y esta madre sin igual. Han sido días en que he contemplado tu entrega y paciencia para con el sapis, tu inmenso amor hacia él y tus enseñanzas desde ya. Eres una mujer completa. Y los hechos lo comprueban. Incluso has sido hermosamente buena conmigo, y como te lo dije, doy las gracias porque jamás me habían obsequiado un regalo así.

Una carta breve, pero dicen que entre menos palabras, menos rollo, más entendimiento, más comprensión.

Te amo más que el 27 de noviembre de 2010. Incluyendo de 7 a 10 am.”

Foto Janett

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  1. Y mira que incluir el horario de 7 a 10 AM ya es mucho. La verdad es que fue un viaje inolvidable, llenao de cosas, pero a la vez, al tiempo, muy divertidas. Hoy es una de nuestras anécdotas predilectas.

    Lo sigo recordando y deseando repetir. Pero, sobre todas las cosas, lo seguimos agradeciendo los dos hombres de la casa. TE AMAMOS.

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