Comer, cocinar y coincidir

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Por Mariana Orozco*

Cocinar es una actividad que me puede llenar por igual de placer y de frustración. Mi nombre es Mariana y soy cocinera de tiempo completo desde hace siete años. Antes de serlo era doctora, no sabía nada de cocina, solamente tenía claro que comer era lo que mejor hacía en mis tiempos libres.

Días terribles en el hospital podían remediarse con una buena pieza de chocolate amargo, una quesadilla recién hecha en la madrugada o una lata de corazones de alcachofa que me comía en un antojo de locura, mientras estudiaba algún tema. Unas gorditas de carne con chile preparadas por mi abuela lograban que el mundo externo dejara de existir.

Pero la cocina también se convertía en frustración cuando quería prepararme algo nuevo y no tenía ni la más remota idea de cómo conseguirlo, la angustia se disipaba cuando me daba cuenta de que en realidad no tenía tiempo para preparar nada, y que a esa fiesta llena de doctores que tampoco sabían cocinar o no tenían tiempo de hacerlo, tendría que llegar con una botana en forma de papas o un dip comprado.

Así pasaban los años de medicina, comiendo en puestos afuera de hospitales, comida rápida entre un hospital y la escuela, cualquier cosa que pudiera comprarse en un Oxxo; un verdadero tributo a los alimentos sin alma ni sentido.

Entonces viajé a España. La travesía comenzó a escalar, entre el primer plato de paella congelada de un restaurante de turistas hasta la primera rebanada de un jamón serrano que sabía a pura gloria, descubrí que el disfrute que me ocasionaba la comida era mucho más de lo que me atrevía a aceptar; nunca había pensado que uno podía ser tan feliz comiendo y viendo comer a otros.

Comencé a imaginar cómo cambiaría yo algunos ingredientes, observaba los montajes de los platos y buscaba en el menú los ingredientes preferidos de los chefs. Después de un mes en España me di cuenta de que la cocina era el universo en el que quería habitar de ahora en adelante.

Dejé la medicina y junto con ella, lo que siempre había soñado ser. Atrás quedaban casi cuatro años de mi existencia, no había vuelta atrás.

A partir de entonces mi vida se convirtió en una obsesión por todo lo relacionado con la alimentación: la química, los colores, los aromas, los cocineros, los países, los idiomas, los términos; absolutamente todo. Cambié los cientos de libros médicos por tomos llenos de fotografías y recetas, me cambió la vida y el ánimo. Cuando uno encuentra el rumbo, aparece un eje distinto en el cuerpo y por fin se siente parte del mundo.

Al principio todo fue terror. No sabía cocinar. ¿Qué tal si no podía hacer nada?, ¿y si en mi primer día de clases me decían que me regresara a la medicina porque la cocina no era lo mío? Por primera vez tuve miedo de no conseguir lo que realmente deseaba.

Pero el trabajo diario y la práctica sí hacen al maestro. Las primeras 12 horas de cortar verduras fueron una gozada. Había cambiado los cadáveres y animales de laboratorio por zanahorias y calabazas. Conocía nuevos términos como brunoise, chaira y cuchillo mondador. La primera vez que me puse una filipina se me salieron las lágrimas de la emoción. Aprender a blanquear huesos para un fondo de res se sintió como haber escalado el Everest.

La primera salsa bechamel que preparé se quemó y fui evidenciada frente a todas mis compañeras, pues “no removí lo suficiente”. Nunca me había sentido tan ignorante como en ese momento. Hoy cuando la preparo, no dejo de remover y al ver el fondo de mi olla sin rastros de harina ni leche quemadas, me siento una triunfadora.

Es un cliché absoluto decirlo, pero de verdad no siento que cocinar sea un trabajo. Es cansado, demandante y frustrante muchas veces, pero un servicio terminado, una cata, una boda, una cena o una comida familiar de domingo son como un premio. Cuando no cocino por trabajo, cocino por hobby.

Todo el día pienso en comida, tengo cientos de libros de recetas que hojeo por lo menos un par de horas al día; me despierto en las madrugadas y anoto ingredientes que quiero usar. Me imagino como Marie Curie cuando encuentro un nuevo ingrediente en algún mercado o restaurante.

Admiro y respeto a muchos cocineros profesionales y amateurs. Me apasiona dar clases de cocina, transmitirle a otros lo que sé y explicarles que si yo aprendí a cocinar, ellos también pueden. Como todo en la vida, es cuestión de perder el miedo y lanzarse de lleno.

Y luego vienen los amigos que la comida me ha traído, una bendición añadida a mi profesión. Coincidir con personas que confluyen alrededor de un platillo, una receta o un ingrediente. Usar la comida como un puente que nos une, converger por un antojo o un deseo. Personas que se apasionan igual o más que yo por todo lo que una experiencia comestible puede darles.

Gozar la cocina, la compañía y las coincidencias. Comprender que cada platillo es una extensión del cocinero entregado en un producto que prepara para que otro haga parte de su historia. Crear comunidad, cambios sociales o simple disfrute, ese es el trabajo de cualquier cocinero (profesional o por hobby): alimentar el cuerpo y el espíritu.

La cosa es sorprenderse y dejarse llevar. Atreverse a cocinar, a comer y a coincidir.

*Mariana Orozco. Cocinera y dueña de Sibariana, una empresa dedicada a la elaboración de productos artesanales, principalmente mermeladas. Instructora de cocina y horneadora compulsiva. Escritora ocasional de algunos textos de cocina y otras cosas. Viajera frecuente, amante del arte, la música, los libros y el karaoke. Adicta a los postres, en general; al chocolate y al jengibre, en particular.

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  1. Que buena historia!! Gracias por compartir, y si, sin duda nada como encontrar nuestra pasión en la vida. te felicito por haber tenido la valentía de haber cambiado de carrera cuando en medicina pocos se atreven… se ve que valió la pena!!!

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