Pruebas de fuego

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Una de las pocas veces que me he sentido mujer maravilla fue cuando quise entrar a la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) (#enmimente) y tuve que hacer los exámenes de control de confianza que eran requisito indispensable.

Todo empezó con una llamada un día antes para decirme que tenía que estar en las instalaciones a las 6:45 am, en ayunas, con un lunch; los exámenes durarían dos días O_O #plop. Ya me habían contado más o menos de qué se trataba, lo que sí sabía era que me iban a aplicar el polígrafo. Investigué un poco sobre el tema en internet y hasta le hablé a una amiga que sabía de eso para que me diera algunos tips. Ya estaba muy hecha a la idea y había decidido no perder mi centro, o sea que mi mente dominara al cuerpo y ponerme en #oooohmmmmm.

Mi primer shock fue cuando llegué al lugar y yo, ilusa, pensaba que iba a ser la única en los exámenes; literal, había un millón de “gentes” formadas en la puerta, la cola daba la vuelta a la manzana. Fui a preguntar a la entrada por si las dudas y me dijeron que tenía que formarme. En cuanto dio la hora empezamos a entrar y me impactó la organización, en cinco minutos nos agruparon y nos pasaron a los diferentes exámenes.

Lo primero que hice fue llenar hojas y hojas de solicitudes con preguntas que se repetían durante todo el proceso, supongo que para cacharte en alguna mentira o inconsistencia. Después me tomaron la famosa filiación y las huellas de todos los dedos. De ahí me hicieron leer un texto y me grabaron la voz, yo pensaba que era para ver cómo leía o si sabía leer; después de ver muchas películas y tras la experiencia, creo que era para tener mi voz grabada y poderme reconocer en cualquier circunstancia.

De ahí ya pasamos al temido polígrafo donde me tuvieron esperando casi una hora, yo veía que la gente pasaba y yo seguía ahí, se me hizo eterno; por fin el que me lo aplicó ya salió por mí y pasamos por un pasillo enorme donde se veían las puertas de los muchos cubículos que había. Entré en uno que medía como un metro por un metro, y le empecé a hacer plática al joven, porque era muy joven, y me dijo que todos ellos eran policías federales, profesionistas y entrenados específicamente para aplicar toda la batería de exámenes que se hacían ahí, el centro de Control de Confianza; ese fue mi segundo shock porque me di cuenta de que la imagen del policía federal que muchos tenemos no es real.

Empezó el examen, que dura como tres horas, lo primero que hizo fue explicarme de qué trataba: antes de ponerme el aparato me iba a hacer las preguntas, las íbamos a platicar para que estuviera segura de contestar con la verdad, que, #segunellos #ensusmentes, no importaba lo que contestara, siempre y cuando fuera verdad.

Después de ponerse frente a mí, invadiendo mi espacio vital, estuvimos repasando las preguntas que básicamente eran si había consumido drogas, si había tenido relación con alguien de la delincuencia organizada y, una pregunta que me llamó mucho la atención, sobre si alguna vez en mis trabajos había usado la infraestructura de la institución para asuntos personales, es decir, el teléfono o un lápiz; en este caso me insistió en que tenía que contestar que no, porque si decía que sí estaba inmediatamente fuera del proceso. Y yo, que soy bien obediente, pues contesté lo que me indicó. En ese momento dudé, aunque lo hice, tiempo después supe que estuvo bien, porque leí una noticia en el periódico donde decía: “Despiden a varias personas porque no pasaron los controles de confianza, tuvieron problemas con seguir las órdenes de sus superiores”. Inmediatamente pensé que esa pregunta era para eso. Conjeturas, que le llaman.

Por fin me conectó al aparato, una tira alrededor del torso, un sujetador en el dedo y una banda en el brazo, como las que s eusan para tomar la presión. Me dijo que no me moviera, que viera un punto fijo y me explicó que iban a ser varias rondas de las mismas preguntas que ya habíamos estudiado. Entre ronda y ronda podía descansar un poco, pero también se salía del cubículo y me dejaba ahí #horaseternas; cuando regresaba me decía: “Es que no está registrando bien”. Todo esto, supongo, para ponerme en situaciones límite y ver cómo reaccionaba.

Por fin, cuando fue el fin del mundo, terminamos la prueba, yo conservé la calma todo el tiempo, apliqué toda mi paciencia y no puse ninguna resistencia a nada; para mí fue un éxito rotundo haber pasado la experiencia.

Nos mandaron a comer y en la tarde había que regresar al famoso examen psicométrico de 839 preguntas y a una entrevista con el psicólogo. Ya para esa hora, a mí me explotaba la cabeza, pero seguí con mi plan de #oooohmmmm. El psicométrico en la computadora sí lo hice lo mas rápido que pude, pero en la entrevista tenía que estar atenta y segura; así fue, inhalé-exhalé, y seguí contestando los cuestionamientos de otro policía federal que me preguntaba básicamente lo mismo que me habían preguntado durante todas las pruebas. El primer día había terminado.

A la mañana siguiente ya sólo tocaban los exámenes médicos, el proceso para entrar fue el mismo. Lo primero fue sacarnos sangre, todos formaditos, sólo pasaba la enfermera con la aguja y unos tras otro, ¡ese fue el tercer shock! (claro que cada quien su aguja y súper esterilizada).

Después venía el examen de orina, pero nunca nos dijeron que había que tomar litros de agua para hacerlo, así que si no tenía ganas de todas maneras había que pasar con la policía federal (esta sí era mujer), entrar al excusado y, con la puerta abierta, mientras ella vigilando que no fuera a cambiar el contenido, llenar el recipiente. Necesitaban tres muestras, así que me estuve ahí casi todo el día tomando agua y pasando al baño. A mí este proceso no me causó conflicto, pero cuando lo he contado todo mundo se impresiona, puede ser el cuarto shock masivo y comunitario.

El desenlace de la historia es que me enteré que sí pasé todas las pruebas, pero ya no entré a la SSP porque no tenían plazas disponibles, así que mi intención de ser el #Olsicen en la vida real se vio truncado… #coronadelagrimas. Yo soy de la idea de que siempre aprendes algo de cualquier tipo de experiencia, y te ayuda a adaptarte a las circunstancias más adversas, así que sigo muy dispuesta a seguir siendo ajonjolí de todos los moles 😉

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  1. Mmm… !esos exámenes de control de confianza¡ Yo también los hice y mi experiencia fue similar, pero un pelín peor. Una de las preguntas del polígrafo fue “¿te has sentido superior a los que están a tu alrededor?”, y le dije que sí. Puso tremenda cara de susto y me dijo que eso no estaba bien, que tenía que decir no. Pues entonces dije que no, pues. ¿Qué no saben que sentirse superior de vez en cuando a otros es parte de la naturaleza humana? Pregunta mal planteada; debió preguntar si siempre me siento superior a todos, ¿no?

    La entrevista con la psicóloga me dejó con la boca abierta cuando me indicó: “copea las figuras” ¡Qué barbaridad, la psicóloga que me iba a evaluar no sabe conjugar! Y en el examen de la vista una “ñora” me regañó porque no tengo vista 20/20. Dijo que en la SSP quieren gente con excelente condición física. ¡Vamos, que me ofrecían un trabajo frente a una computadora y no de francotirador que se enfrenta con los templarios, la familia o algún otro grupo de la delincuencia organizada!

    Buena idea pero mal estructurada, mal diseñada y pésimos evaluadores. Mi experiencia.

  2. Ufff que impacto! A mi me pasó algo similar pero para entrar a una empresa de Traslado de valores, sólo que yo no sabía que tendria que quitarme casi toda la ropa frente al doctor porque te revisan que no tengas tatuajes, ese día por otras cuestiones me puse la ropa interior más chiquita que existia, y si, tuve que ponerme de espaldas para que me revisaran! Toing! Tambien pase todas la pruebas del mundo que hacen ahí pero no acepté el trabajo porque me retuvieron en la empresa donde estaba con un mejor sueldo.Y si, de todo se aprende. Interesante experiencia 🙂

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