¡Qué tradiciones!

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Por Verónica Lira*

Se escucha fácil el tema: tradición familiar. Sin embargo, le doy vueltas y vueltas y no se me ocurre nada. Empiezo a buscar en mi archivo mental y me doy cuenta, erróneamente, que no cuento en mi vida con ninguna. Digo erróneamente, porque al hacer un recuento personal en ese sentido, resulta que en mi familia se usa que en la boda la novia se vista de blanco, como supongo muchos de ustedes; cuando alguien muere todos nos vestimos de negro; cuando es Día de muertos, desde generaciones atrás, ponemos un altar en nuestra casa y recibimos con pan de muerto y chocolate a quien quiera entrar en el fraccionamiento donde vivo. Cada año visitamos la Feria del alfeñique, en el centro de Toluca; también festejamos la fiesta de Año Nuevo en un lugar específico con la misma cena, año tras año.

¡Baah! No quiero menospreciar mis tradiciones, pero nada tienen que ver con terribles tradiciones de muchos lugares del mundo y es de lo que les quiero platicar.

Al darle vueltas al tema, llego a la conclusión de que muchas tradiciones familiares, en realidad, son tradiciones culturales. Muchas veces son lindas, pero otras tantas, en realidad las seguimos como borreguitos; en pleno siglo XXI, bien podríamos terminar con muchas, o simplemente cambiarlas.

Quiero enumerar algunas tradiciones culturales que se convierten, por sí solas, en tradiciones familiares terribles, espeluznantes y grotescas. De esas que te encogen el alma, el corazón y todo lo que le da sentido a la vida:

En Masai, un pueblo entre Kenia y Tanzania, cuando nace una bebé, el padre decide con quien se va a casar cuando crezca; una vez casada, es recibida por la familia del esposo y por él mismo, con insultos y estiércol. Me los imagino en gran fiesta, mientras ella recibe los agravios. Durante el matrimonio, el marido puede prestarla a cualquier amigo que necesite saciar alguna necesidad.

O qué tal las llamadas mujeres jirafas, Padauang, que desde niñas las ensortijan con aros de latón en el cuello, que les provoca una opresión en las clavículas hacia la cavidad torácica. ¡Ah! pero si cometen adulterio, se las quitan, lo que les puede provocar asfixia o que se desnuquen, así que se ven obligadas a vivir tumbadas sujetando permanentemente su cabeza entre sus manos.

Hago una breve pausa porque me cuesta trabajo entender que estoy hablando de tradiciones familiares.

Seguí buscando, y encontré que en Mauritania, entre más gordita la niña/mujer, más espacio es ocupa en el corazón de su marido (¡gulp!), la idea es estar goooorda. Las flacas son consideradas inferiores y una vergüenza, son enviadas a campamentos para engordar bajo procesos muy crueles.

Otra tradición familiar terrible ocurre en Camerún, donde las madres planchan periódicamente los pechos de sus hijas con un palo incandescente para disminuirles el atractivo sexual, más que una tradición, resulta un acto brutal contra cualquier derecho humano.

No menos espantosa resulta la infibulación, que consiste en la mutilación de los genitales de las mujeres dejándoles una abertura tanto para la orina como para la salida de flujo menstrual, de esta forma hacen que pierdan la habilidad de sentir placer sexual durante el coito. Sí, el tema es aterrador. Sobra decir que todo esto provoca una serie de problemas médicos que pueden causar hasta la muerte.

Son tradiciones culturales tan fuertes en diferentes pueblos del mundo, que como comienzan desde que las mujeres son niñas, se convierten en familiares.

Termino de escribir todo esto y me quedo pensando en que seguramente nadie de los que esté leyendo este texto puede hablar en carne propia de tradiciones de este tipo; cambio radicalmente de tema, tomo un minuto de reflexión sobre las cosas buenas que tenemos, inclusive una sencilla tradición: hacer la diferencia en la forma de ver la vida y dejar las quejas menores en un cajón.

Existen, podría seguir enlistando muchas atrocidades…perdón, tradiciones familiares y culturales, pero mejor me enfoco en lo positivo y recapacito sobre la gratitud. Hoy, personalmente estoy llena de gratitud, de tener tradiciones familiares tan sencillas, tan llenas de convivencia y complicidad. Soy fiel creyente de que el mundo puede mejorar, y si comenzamos por enseñar a nuestros hijos el sentido de la gratitud, más.

Desde el minuto uno, que logramos dar gracias por lo que tenemos y somos, viene una serie de sentimientos y acciones en conjunto, como ayudar al prójimo, dejar la indiferencia atrás, la civilidad, la convivencia respetuosa, la justicia y, por supuesto, el del amor.

Total, ya ni sé por qué escribí esto, quizá porque me doy cuenta de que tengo una vida normal con tradiciones normales y de la cual doy gracias todos los días.

*Verónica Lira Iniesta. Soy toluqueña. Estudié en el Tec, licenciada en Ciencias de la Comunicación; tengo una maestría en Administración de empresas por la Ibero, y un diplomado de Desarrollo de empresarios por el ITAM. Soy chef y sólo busco ser feliz al lado de los que quiero. Antes era rebuscada, hoy amo la sencillez. Soy cursi a morir y detesto la indiferencia.
@verlir

No Comments Yet
  1. Gracias por iluminarnos con tu presencia en el blog.
    Igual doy gracias x las tradiciones simples y bonitas que tengo.

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