Cuando sea grande…

janetbuena

Como digna Reina del Norte, mi madre siempre se ha caracterizado por su dura forma de juzgar, su mirada penetrante, su obsesión por la limpieza y su perfeccionismo.

Mientras vivía bajo su tutela, me quejé mil veces de sus regaños exagerados por no tender la cama, levantarme tarde, dejar las cosas regadas en mi recámara, subir los pies a los sillones o a la cama, dejar las puertas de las habitaciones abiertas cuando teníamos visitas, y un sinfín de etcéteras; sobre todo, odiaba cuando me mandaba a buscar algo y yo regresaba con el clásico: “Mamá, no lo encuentro”, a lo que ella respondía: “Te está picando, no puede ser….”.

Los años transcurrieron y juré no ser igual que ella cuando creciera (en esos aspectos), pero después de veintitantos años apareció en mi vida Luis, mejor conocido como Inphidelio y a quien hoy llamaremos “mi karma” o “el vengador de mi madre”.

Sí, digo vengador porque desde los ocho meses que comenzamos a vivir juntos hizo que me tragara una a una mis palabras y frases: “yo nunca voy a ser así, mamá”, “no voy a regañar a mis hijos”, “qué horror que tengas esa obsesión por la limpieza”… todas las he deglutido.

Vivir con una personita despistada y despreocupada me obliga a usar diariamente expresiones como:

1. “Luis, no inventes, te está picando…”

2. “A ver, ahí va la maga a aparecerlo”

3. “¿Traes cola? ¿por qué no apagaste la luz?”

4. “Cómo se te ocurre abrir sin avisarme, no ves que está toda la recámara tirada…”

5. “¿Te fuiste sin ponerle llave a la puerta?”

6. “¿Puedes poner en su lugar tus CDs?”

7. “¿Qué hace la lap conectada?”

Hoy, después de 10 años, lo acepto. Soy igualita a mi madre en muchas cosas…así que nunca digan nunca. ¿Mi karma o simplemente de tal palo… tal astilla?

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