Nunca jamás

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Por Albricias Madresanta*

A esa escuela jamás. No la considero ni muerta. Fuera de la lista de opciones. Ese es el “colegio maldito” o “maldito colegio”, como quieras llamarle. Esos dos juicios lideraron la misión de encontrar “la mejor escuela grande” para mi hijo cuando ya tenía tres años. Que digo misión, más bien una misión imposible. Para los que, afortunadamente, podemos ajustar el presupuesto familiar para pagar los gastos de un colegio privado de alta reputación, excelente profesorado e instalaciones dignas de Harry Potter, cuando tu criaturita cumple tres años inicia la cuenta regresiva del maratón.

Cuando arrancas, las listas de espera interminables y mitos urbanos de los métodos de selección de las escuelas se viven como amenazas reales. Terroríficas. Nadie quiere vivir la maldición de que su hijo quede fuera de la lista de las mejores escuelas que publica Chilango cada año nuevo. No, eso no lo podemos permitir. Una pareja de profesionistas que tuvo un embarazo planeado, psicoprofiláctico, casi el parto perfecto, lactó y estimuló a su hijo con el método Montessori desde los primeros meses de vida, tiene que encontrar la mejor opción. Al fin y al cabo el niño, con tanto cuidado obsesivo, está listo para lo mejor. Pero, ¿qué es lo mejor?

Bueno, pues en esas estábamos nosotros cuando después de visitar siete escuelas, no encontrábamos la mejor. Ninguna llenaba las expectativas. No sólo a nosotros, pues nuestro hijo ya había visitado algunas, hecho las pruebas de entrada y nada, que no le gustaban. Sólo a mí me había gustado una escuela. Tenía muchas expectativas porque no sólo era bilingüe, era bicultural. Tenía profesores extranjeros. No importaba que los profes fueran chavos en su año sabático viviendo la experiencia latina en México por quién sabe cuánto tiempo. No, lo importante es que eran native speakers, incluyentes, constructivistas y buena onda. Todo esto sí era una opción de calidad para la educación de mi hijo. Pero no, ni a él ni a mi marido les gustó. Así que estábamos de regreso al marcador 0-0.

El presupuesto ya estaba asignado. Los criterios no negociables de laica, mixta y bilingüe nunca estuvieron en duda. La guía de entrevista y observación para cada colegio junto con la tabla comparativa de Excel de los costos anuales de cada uno: ready. Pero no, no lo encontrábamos. Ningún colegio nos convenía por una u otra razón: demasiado lejos, demasiado liberal, demasiado nuevo, demasiado viejo, en fin. Nada de nada.

A punto de terminar el reloj de arena, la encontramos. A unas cuantas cuadras de la casa estaba el “colegio maldito”. Siempre estuvo ahí. Pero no, yo me rehusaba. Hasta que un día sonó el teléfono de mi oficina y mi marido me informó que estaba a saliendo de ahí. Ese del que habían salido traumados dos o tres parientes cercanos y del que la gente hablaba con miedo. Si, ese colegio enorme con jardines hermosos e instalaciones deportivas que conforman un oasis en medio de la ciudad. Ese colegio grande, mixto, laico y bilingüe del que habían egresado varios profesionistas, investigadores y artistas destacados, al mismo tiempo del que un sinnúmero de personas exitosas habían sido expulsadas. Varias que vivieron el exilio con dolor y resentimiento. Sin embargo, a mi marido le encantó el kínder. Totalmente constructivista, amplio, armonioso y las maestras parecían saber lo que hacían.

Mi marido no tenía ningún juicio de tal escuela y había llegado con la mente y el corazón abierto. Actitud que le valió dar el beneficio de la duda. Yo confío mucho en él, al fin y al cabo somos cómplices de la vida. Así que fuimos a la entrevista e inesperadamente mi hijo quedó enamorado del lugar. Ninguna escuela le había gustado tanto. Su prueba psicológica la vivió como un buen rato y la idea de asistir a ese colegio le entusiasmó. A mí, en lo personal, me hizo sentir satisfecha su fórmula probada por decenas de generaciones y el ambiente enfocado al desempeño académico más que al círculo social (ya fuese británico hippie, fresa-bien o hípster) al que perteneces. Y me di chance. Lo inscribimos al “colegio maldito” que tanto negué.

Después de un año, mi hijo se ha desenvuelto con alegría en un contexto que nos viene bien a todos en la familia. El método ha funcionado positivamente para los tres. Académica y socialmente mi hijo floreció como narciso en primavera inglesa, así, de repente. De “maldito” pasó a “bendito”. Qué colegio. ¡Santa oportunidad! Pero no la veía. Mis juicios formados por mitos urbanos y experiencias particulares de individuos particulares con familias peculiares habían cerrado mi universo de posibilidades. De la que nos hubiéramos perdido como familia y la experiencia que le hubiéramos negado a nuestro hijo de habernos quedado con el “jamás” que yo pregoné.

Nunca digas nunca. Más aún ahora que eres mamá y tus hijos te llevan por caminos desconocidos. Un par de años después, en una plática casual con una muy querida amiga ella confesó que no inscribió a su hijo al “bendito colegio” pues se dejó influir por mi ignorante y negativo juicio de entonces (lo de ignorante y negativo es mío). Cuando en las primeras etapas del maratón de búsqueda de colegios ella tenía al (ahora) “bendito colegio” como primera opción. Tajantemente, yo, la que ya sabía mucho de escuelas pues había visitado unas cuantas y estudiaba con análisis profundo las listas del Chilango desde varios años atrás dije sin chistar: “Si le quieres borrar la sonrisa que caracteriza a tu hijo, mételo ahí”. Sentí que se me caía la cara de vergüenza. Mi hijo brilla en su escuela y el suyo todavía no encuentra la mejor opción. Y yo había influido en esa decisión. Desde mi ignorancia y juicio limitante había inventado un monstruo para mí y los demás. Y no quiero que me vuelva a suceder, ni a mí ni a nadie. Por eso queridos lectores nunca digan nunca jamás.

*Albricias, Madresanta. Velábamos a mi abuelita materna. Yo era apenas una niña. Estaba parada junto a mi madre cuando una tía suya se acercó con manos extendidas al cielo y expresó: “Albricias, albricias, tu madre es una santa”. Palabras que se me grabaron para siempre. No fue hasta hace casi cinco años que me convertí en mamá que entendí el significado de esas palabras. Tenía un doctorado y una carrera ejecutiva que crecía como espuma, cuando mi esposo y yo decidimos tener un hijo. Ahora vivo en carne propia eso de la Madresanta al intentar balancear mi rol de “buena” madre, ejecutiva, esposa y ¿yo misma? ¿Lo de la santidad vendrá porque casi siempre, una queda al final?

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  1. Está buenísimo tu post! Coincido plenamente contigo, a pesar de que yo hice alguna de las guías de escuelas de Chilango hace como cinco años! jajajaja.
    De lo que más me gustó ” Nadie quiere vivir la maldición de que su hijo quede fuera de la lista de las mejores escuelas que publica Chilango cada año nuevo. No, eso no lo podemos permitir. ”
    ME podrías decir cuál es el colegio? jajajaja Nos pasó lo mismo con nuestro hijo mayor.Saludos

  2. Ha si estoy, nada es lo suficientemente bueno :(, que angustia!!!!
    Cuál es el nombre delbendito colegio”?

  3. Cuál es la escuela? Me ayudaría de mucho saberlo, ando en esa búsqueda, así que me sentí tremendamente identificada.

  4. No bueno, x favor el nombre del colegio! Sorry, debería ser lo de menos pero justo estoy checando opciones jajajaja

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