Palabras más, palabras menos

marianaA

Por Mariana Camacho*

Decirlo o no decirlo. Esa es la cuestión.

Bueno, esa es mi cuestión. Abrir la boca, o cerrarla en el momento oportuno, es una de esas responsabilidades y aptitudes que me dan trabajo extra.

Cuando tenía 18 me cayó el primer veinte. Cuando era verborreica y, desde luego, sentía que tenía la boca llena de razón. “Antes de hablar, pregúntate si lo que vas a decir le sirve de algo a la otra persona”, me dijo una colega de mi mamá (que a su vez lo leyó de Platón, que a su vez lo escuchó de Sócrates). Sabiduría vieja, que en ese momento me entró por un oído y salió por el otro.

Luego estudié Literatura y la cosa se puso más seria. Tenía que pensar en las palabras y su peso todos los días, todo el tiempo. “Las palabras crean, las palabras destruyen, las palabras esto y las palabras aquello”, decían mis profesores. Las palabras me parecieron abrumadoras y me ocasionaron una confusión tal que corrí para el lado extremo. Me volví callada, casi monosilábica.

Entendí que tenía un problema cuando entré a trabajar a una empresa por vez primera. Me sentí miserable cada vez que las palabras me hicieron falta o cuando acudían en el orden y momento incorrecto. Conversaciones fueron, conversaciones vinieron. Triviales, elementales, telefónicas, profesionales.

Entonces supe que era momento de buscar ayuda. Necesitaba una intervención. Si quería entenderme con la gente, tenía que empezar a hablar y hablar en serio. No fue fácil pero, a fuerza de ensayo y error, rompí con el mutismo. Aprendí que la autocensura no están peleada con las netas, aunque nunca olvidé lo de considerar si lo que voy a decir le sirve de algo a la persona que escucha (la parte más difícil de todas).

A la fecha las palabras me preocupan. Pero ahora dejo ser con más facilidad a la necia de 18 años, lo mismo que a la cauta que dice: “Lo siento” cuando de verdad lo siente. A veces soy hipócrita y contesto: “Bien ¿y tú?” en automático cuando alguien me pregunta: “¿Cómo estás?”. Ahí la llevo, palabras más, palabras menos.

Mariana Camacho. Nací en Oaxaca pero soy cada vez más chilanga. Me encanta la ciudad y me encanta mi trabajo (escribir para comer y viceversa). No manejo y amo/odio a los taxistas.

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.