Un poema

rosanaA

 

Por Rosana Curiel Defossé*

La definición de la palabra “poema” refiere a la manifestación de la belleza, o del sentimiento estético a través de la palabra, ya sea en verso o en prosa; pero, ¿qué es el sentimiento estético y qué es la belleza? Seguramente los académicos de la lengua y de la estética podrían decirlo con precisión, pero yo ni soy académica ni esteticista, soy una persona que sin mayores afanes ha recurrido a la poesía desde niña como un método infalible de sobrevivencia emocional.

Un poema, desde mi punto de vista, es mucho más que lo que puede decir una definición literaria: es una puerta, un encuentro con células muy profundas; una manera de mantenerse fuera del manicomio, una forma de abrazarse a la vida y de conectar ciertas terminales emocionales con las de otros seres vivos.

De niña lo que más me gustaba de la poesía (cuando ni siquiera sabía qué era un poema), era la musicalidad de las palabras que al combinarse creaban melodías, universos plagados de sensaciones y emociones. Me quedaba con las palabras rondando en la cabeza durante horas y días, buscándoles un significado que tuviera alguna conexión con mi propia realidad…

Leía o escuchaba: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, y literal, yo pensaba que no existirían versos más tristes que los de esa noche. Escuchaba las canciones en la radio y me imaginaba sus historias al pie de la letra: “…lo escribiré con sangre, con tinta sangre del corazón”; y yo veía a un tipo mojando una pluma en un tintero lleno de sangre escribiendo el nombre de su novia muerta. O: “…yo quiero que te vayas por el mundo, y quiero que conozcas mucha gente, yo quiero que te besen otros labios…”, imaginaba a una mujer paseando en medio de tumultos de turistas en algún lugar muy bonito, besando a cada uno de ellos.

La poesía, ya fuera de los grandes poetas reconocidos en el ámbito literario, como Tagore, Nervo, Neruda, Gibrán Jalil Gibrán (hablando de los que me encontraba por ahí cuando de niña me desaburría hurgando libros), o la de los grandiosos poetas populares, como José Alfredo, Agustín Lara, Gonzalo Curiel (los que escuchaba de refilón en mi casa), me transformaba en navegante de mundos impregnados de imágenes y emociones, una combinación que hasta el día de hoy me ha ayudado a sacar la cabeza entera de entre los tsunamis, debacles amorosas, pozos laborales, angustias existenciales, depresiones postparto; enamoramientos fortuitos, inmensos, extraños, imposibles, eternos, caóticos; además de euforias de todo tipo.

La poesía es un lenguaje que hermana mis asuntos personales con los universales, me conecta, me aterriza y me libera.

Primero la leí, después empecé a escribirla, pero eso sucedió a partir de la primera vez que un poema se me tropezó con la sangre siendo una adolescente. Era verano y llovía, 16 años, y yo caminaba sintiendo la lluvia en un rapto de juventud y romanticismo, “buscando el amor”, cuando de pronto alguien se detuvo y me lo dijo de frente, pausado, sin importar el diluvio. Era un poema dulce, poco precavido, torpe quizás. Lo escuché sin ver más que el prisma que reflejaban las gotas de lluvia al mancharse de versos, y todo se detuvo: las palabras, la lluvia, los intentos, la vida. Sólo me palpitaba la sangre, mientras que la voz que segundos antes había derramado la maldición de la fantasía en mí, se hizo nada.

Desde entonces volví cada verano a la lluvia, al mismo sitio donde descubrí que uno sólo amanece en los labios de otro. Y pasaron años de mirar la lluvia y mis pies, sin hallar más que colores planos sobre el asfalto… Pero con el tiempo y los sedimentos de las nuevas experiencias los poemas empezaron a formarse, primero en mis ojos, luego en la piel, después en los dedos; a veces llegaban por marejadas, en otras ocasiones pasaban meses, incluso años en los que ni un solo poema me fuera necesario; el día de hoy sigue siendo igual, a veces hay temporales de imágenes que caen al papel como granizo, otras veces hay sequías, largos espacios en blanco. Antes me preocupaba, con el tiempo aprendí que esa era mi forma de acercarme a los poemas y ya no me angustia, la poesía, la que a mí me toca y me nace, ya es parte de la piel que habito.

Hoy sé que un poema es un sendero con muchas veredas, no puedo ni me interesa recorrerlas todas, pero el solo hecho de saber que existe, me da la libertad de sentarme tranquila a mirar el camino, sabiendo que en cualquier momento, me adentro y me pierdo en él para salvarme…

 

*Rosana Curiel Defossé. Poeta, narradora y guionista. Estudió sociología en la Universidad Autónoma de Nuevo León y la Universidad del Estado de Luisiana; Baton Rouge, E.U.A.  y el diplomado en la Escuela de Escritores de la Sogem. Desde 1989 realiza asesorías, consultorías y escritura de guiones para diversos medios, sobre todo para radio, cine y televisión. Ha escrito poesía y cuento infantil destacando la colección de Santiago, formada por nueve cuentos para la promoción de valores. El cuento Santiago y el talismán de la luz, fue seleccionado en el periodo 2012-2013 para el Programa Nacional de Lectura de la SEP (Bibliotecas de Aula).Es autora de los libros de poesía:De lobas, lunas y otras visiones Álbum, En concreto, Las divinas mutantes, Carne de Puente y Cómplice de nada.

 

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.