Adentro, afuera y a la basura

Hace unos meses decidí hacer una mudanza interior, es decir re acomodé todos los espacios y habitaciones de mi casa, porque yo sentía que ya no cabía ni el aire que respiramos. En un sentido era cierto, pero en muchos otros no tan cierto.

Durante mucho tiempo pensé que era un problema de desorden, lo creí porque durante años me compré ese boleto, sin embargo, con todo este movimiento que hice en casa llegué a la conclusión de que he vivido equivocada, o al menos que me había casado con una idea equivocada.

El problema no era que hubiera desorden, porque sí lo había, el gran problema era que tenía demasiadas cosas que no necesitaba, que ya no usaba hace años, y que simplemente iba por la vida guardando, acumulando y acumulando.

La verdad es que no me había dado cuenta de mi grado de acumulación hasta que quise “acomodar” y pues simplemente no hubo manera de que tanto desmadre y tanto desperdicio cupiera en mi departamento, y miren que hasta eso no vivo en un huevito, así que cansada de quebrarme la cabeza pensando cuál era el mejor mueble para meterle más cosas, tomé una decisión radical: a la basura.

En mi defensa, debo decir que muchas cosas las guardaba porque se apoderaba de mi una especie de ecologista radical que piensa que hay muchas cosas que son utilizables y se rehusa a tirarlas; el pero es que yo no tengo ni tiempo ni espacio ni manera de aplicar las tres R con tanta chuchería, así que hice sólo dos categorías: lo que todavía servía y podía regalar a alguien y lo que de plano no había a quién le fuera útil.

Entonces me puse súper loca y que arraso con todo, ropa mía, de mis hijas, de mi hijo, zapatos, ropa de cama, artículos del baño, libros, vasos, platos, juguetes, y hasta muebles.

La ropa, como la fui sacando la fue regalando, la de niña y niño fui ofreciéndola y pedí que fueran por ella a más tardar a los tres días, de lo contrario se la daría a alguien más. Con los juguetes igualito, sólo que ahí sí tiré más de una bolsa a la basura, porque la verdad es que los chicos también son unos grandes acumuladores y lo peor es que te das cuenta cuando ya no cabe un alfiler más en los jugueteros.

Y resultó que entre más regalaba o tiraba más y más y más cosas iban saliendo, sentía como si mi casa fuera la bolsa de Mary Poppins, un barril sin fondo. Los criterios fueron diferentes, para la ropa apliqué el famoso “si no lo he usado en los últimos seis meses, se va”, “si ya no me queda, se va”, con la ropa y juguetes de los niños igual, “lo que no use/jueguen para afuera”.

Las cosas que regalé sé que le servirán mucho a quienes se las llevaron, que las van a disfrutar y a usar y eso realmente me hace feliz. También tengo la tranquilidad de que lo que se fue a la basura ya no tenía remedio y ese era su lugar.

Quizá esa fue una de las lecciones más grandes de este proceso de limpiar mi casa, entender que cada cosa tiene su lugar, incluso la basura es un lugar y a veces hay que mandar un montón de cosas ahí, aunque no queramos y nos aferremos a ellas.

La verdad es que fue un proceso súper liberador en muchos sentidos, primero la casa cambió de apariencia, pero lo más increíble es que se sentía una ligereza impresionante como nunca antes la había sentido en la casa, casi podría decir que sentía el aire correr por las paredes de tanto espacio que había, sentía mi casa más fresca, con aire nuevo, con más espacio.

Ahora que lo veo en retrospectiva me doy cuenta de que en realidad lo que puse en orden fue mi cabeza, mi vida. He llegado a la conclusión de que mi casa sólo era un reflejo del mega desorden interno que traía y no es que ahora todo esté ordenado y perfecto, de hecho, creo que aún falta mucho para llegar a ese punto, de lo que sí estoy segura de que muchas cosas ahora sí están donde deben estar y de que es fundamental sacarse de encima lo que a una le pesa, le estorba, le molesta y le causa conflicto.

A veces no nos damos cuenta de cuánto venimos arrastrando, hasta que un buen día algo se cae de donde estaba y entonces dices “ah esto era lo que tanto me estorbaba, pos a la basura”.

Nada como viajar ligeras por esta vida.

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  1. Uff!! Eso me hizo reflexionar sobre el par de cajas de copias, libros, libretas y anotaciones que tengo de la facultad, que tiene más de 8 años que no uso y que no quiero tirar “por si acaso” las necesito después.

    Y no, creo que aún no estoy lista para tirar tanto. ¡Felicidades a ti!

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