No quiero ser una mamá abnegada

Ha sido un largo recorrido hacia el amor propio, no mentiré.  Todo esto de “ámate, no necesitas nada más, si te amas todo estará bien”… para alguien que ha sufrido de necesidad de atención es confuso; puedes llegar a creer que eso es el amor, que te vean. Y sí, es decir, si alguien te ama lo hace, te reconoce, te toma en cuenta, te impulsa, te abraza, está pendiente de ti; y se siente tan bien, es tan maravilloso que uno quiere más de eso, ¿por qué no?, sea de tus amigos, tu pareja, tus padres, tus colegas. Lo que está equivocado es sentir que no somos nada si no tenemos eso, sentirnos mal si de pronto en la vida no hay alguien especial que nos lo dé o sentir que no valemos nada si no hay nadie al lado que nos reconozca.

¿Dónde está la delgada línea entre tener amor y ser dependientes de otros? Yo a veces me lo sigo preguntando la neta y veo la misma lucha en personas a mí alrededor, eso es porque quizá de niños no nos enseñaron cómo hacerlo, cómo vivirlo, cómo no necesitar del reconocimiento. Verán es como una programación, cuando hacíamos algo bien, nos abrazaban y nos querían, cuando hacíamos algo mal, uuuuy, nos iba en feria y se acababan los abrazos, el amor, era el fin (así de dramático). Esa actitud parental lo que hace es formar personas complacientes y sumisas, dispuestas a hacer lo que sea para ser amadas… no suena nada bien ¿verdad?.

Entonces ¿cómo no replicar eso con las personas que amamos y muy importante, con nuestros hijos?. La respuesta obvia es demostrárselos ¿no? Pero obviando algo es como se nos va de vista.

Luego entra una trampa, creemos que por decirles todo el tiempo que los amamos ellos lo sabrán y se sentirán seguros pero no es así, como casi todo en la vida, decir, no es suficiente, hace falta actuar, hacerles saber que pase lo que pase o hagan lo que hagan los vamos a amar, demostrarles cuando cometan un error que hablaremos con firmeza y señalaremos la falta y hasta nos disgustaremos pero al final del día les daremos un beso y un abrazo y los ayudaremos a salir del bache. De esa forma sentirán seguridad y guía y sabrán que sin importar qué, ahí estaremos porque además esa es nuestra responsabilidad.

Pero, más allá de lo que hacemos con nuestros hijos, se nos olvida lo que hacemos con nosotras mismas, se nos olvida que somos un ejemplo a seguir, no por nuestras palabras sino por cómo nos conducimos en el día a día. Queremos que nuestras hijas se sientas bellas y sean fuertes pero nos ven a diario llamarnos en el espejo gordas, ¿qué creen que pasará? Si ellas solo quieren parecerse a sus mamás, o con nuestros hijos, queremos hacerlos sentir felices y orgullosos de sus logros pero nos oyen todo el tiempo llamarnos tontas o mensas o decir que los hombres son los malos de la película… saquen sus conclusiones, no señoras, no es por ahí la cosa.

La era de la mamá sumisa y abnegada ya pasó, hay que trascender esta idea de que olvidándonos de nosotras daremos todo a los hijos o a la familia y seremos las heroínas porque no es así. Haciendo eso solo estamos transmitiendo el mensaje equivocado. La mamá sufrida que aguanta todo y come las sobras, la mamá que deja todo por atender a su familia, la mujer que se pone al último por los demás, la mujer que deja de comprarse ropa, de atenderse, de cuidar su salud, la mujer que acepta cualquier situación “por demostrar amor”, la mujer que deja que la insulten o la minimicen “porque alguien tiene que ceder”, la mujer que deja todo por su vida de madre o por ser la esposa perfecta o la mujer en la vida de alguien más, se está olvidando de ella misma y cuando se tienen hijos el mensaje que esas actitudes transfieren es fatal.

Amor propio, no hay mejor herencia que eso. Enseñarles a nuestros hijos a amarse para que puedan después amar. No es al revés. ¿Cómo? Teniéndonos amor nosotras, respetando nuestro ser, nuestro cuerpo, nuestros pensamientos, nuestros sueños, quienes somos, ¿cómo?, no insultándonos, si no nos gusta nuestro estado físico hacer algo al respecto pero de forma constructiva, comiendo bien y sano, a nuestras horas, honrando nuestra espiritualidad, no dejando de lado nuestra metas, aunque nos cuesten más, ir por ellas, no criticándonos excesivamente, conduciéndonos con respeto hacia los otros, hacia las demás mujeres, hacia las personas, hacia los seres vivos, hacia nuestro entorno, no queriendo controlar todo y a todos, fluyendo.

Amor propio…

 

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