Una decisión tomada

Me he cansado de la sonrisa desdibujada en los rostros ajenos, de la falta de ilusión, del pesar diario de la masa, de la falta de conciencia, de la pasión apagada, de los miedos enaltecidos, de la dicha violada.

Sí, estoy agotada de pelear contra corriente, contra el veneno, las puñaladas por la espalda, la deshonestidad, contra el “me vale”, contra el “todos son unos imbéciles menos yo”, cansada de presenciar burlas altaneras de unos a otros, desinterés, dolor, crítica, juicio y competencia, la plena y pura mezquindad humana.

¿Cuál es la poción contra tanta pena y bajeza? ¿cuál el antídoto? Mi conclusión es rendirme. Pelear es forzar algo, rendirte en un amplio sentido va más allá de dejarte vencer, y yo no me venzo, me dejo ir.

Me rindo, ante la belleza pura de la vida, ante su lado luminoso, ante la decisión de hacerlo. Porque puedo.

Me rindo ante los botones que abren, las risas, el amor, el sol de primavera, los insectos perfectos, el cielo estrellado, la selva que canta, el bosque que habla, la música, la capacidad de dar, de recrear, de estar sin decir nada. Me rindo ante la vida misma, ante las maravillas microscópicas, ante los cantos y las notas y las letras.

Me rindo ante el arte, el arte sincero, sin pretensiones ni mamonerías, ante las tablas, ante los espectadores honestos y dispuestos, ante el teatro.

Me rindo ante mis amigos -los verdaderos –  ante la belleza de sus vidas, de sus elecciones, ante respetar sus decisiones; ante la capacidad de decir lo que pensamos, ante ser sinceros, ante ser frontales. Me rindo, me rindo ante el derecho a todos a la felicidad, cedo todo por verlos llegar a ese punto de goce, de ser ellos mismos.

Me rindo ante la hermosa sonrisa de mi sobrino, la pureza de sus ojos, de su enorme alma, de su encanto, de su levedad. Me rindo ante el alma vieja de Mateo, de sus sueños, de su dulzura de la forma en que ve todo y lo atraviesa, ante su magia y su misterio, su sensibilidad.

Me rindo, ante la solidaridad de las mujeres tomadas de la mano para salir adelante, para sacar la casta, para superar la opresión y la violencia, me rindo ante los cantos de unidad, ante las historias calladas y luego dichas para poder aprender de todas, me rindo ante nuestra fuerza, ante la bondad femenina.

Me rindo ante el amor, el que siempre está, el que vive en mi pecho y se da, el que sin ser mío es para mí, el que estoy aprendiendo a darme, me rindo ante mi capacidad para asombrarme de todo, de lo que no sabía, de lo que sí sabía, de lo que siempre ignoraré. Me rindo ante mí, ante sentir, ante mi intensidad, ante la bruja, la magia, la persona que estoy siendo, la que se acompaña a sí misma y que por eso puede caminar junto a los demás. Me rindo ante la posibilidad, las infinitas posibilidades, las oportunidades de cambiar, de aprender, de crecer, de caer, de ceder, de ver. Me rindo, me rindo, me rindo ante lo bello, lo hermoso, lo luminoso, lo que fluye, desatora y construye.

Lo demás existe, sí y siempre existirá, pero el amor, amar la vida y brillar, es una decisión.

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