Las horas más difíciles

Hace 4 años casi a las 7 de la noche iba a meter a mi hija a bañar. Ella tenía 5 años.
Se desvistió y su calzón tenía manchas de sangre. Estaba haciendo pipí y al mismo tiempo que yo no entendía la mancha en su ropa, ella gritó de dolor y al ver la pipí con sangre me invadió el miedo, creí que había regresado la infección en el riñón que tuvo a principios de aquel año. De inmediato la vestí para llevarla a que le hicieran un análisis de orina para empezar lo más pronto posible con el medicamento.
En el camino al hospital le marqué tres veces al doctor quien está en el mismo lugar sin suerte. Le deje mensaje.
Llegando a la torre del hospital decidí ir y ver al doctor primero, “Sale como a las 8 de la noche, tal vez sigue aquí” pensé, y en lugar de ir al laboratorio apreté el piso 9 del elevador.
Entrando al consultorio el doctor estaba en la recepción y me recibe con un: “Te estaba esperando, pasen”. Mientras caminamos a su consultorio, le relaté los hechos y me dijo que antes de los estudios quería revisar a la nena.
Al momento en que iba a revisar sus genitales el doctor se dirigió a mi hija y le dijo: “Voy a revisarte solo en presencia de tu mamá, nadie puede tocarte a menos de que ella esté presente”, Valeria asintió sin problema.
La cara se le desencajó al doctor, apretó los labios y me dijo: “Es una laceración, está lastimada”. Bueno imaginarán el dolor que sentí y se me hizo hoyo en la panza.
Llamó a otro pediatra para confirmarlo; y estuvo de acuerdo con él.
Morí un poquito.
Comenzó el doctor a hacerle preguntas a mi hija sobre lo que había hecho en la escuela, a qué jugó, con quién jugó, si se cayó, si se golpeó, si alguien le pegó. La nena contestaba tranquila; jugó a Spiderman, se aventó de la resbaladilla pero no se golpeó, nadie le pegó. Lo distinto a otros días fue el señor de la guitarra que estuvo para practicar con los niños la canción del festival de Acción de Gracias.
El doctor terminó con sus cuestionamientos. Me dijo que lo único que lo tranquilizaba era que Valeria no se veía alterada y contestaba tranquila y rápidamente a las preguntas. “Un niño que ha sufrido abuso se muestra miedoso y retraído; en ese caso tendríamos que reportarlo a las autoridades en este mismo momento.  Pregunta en la escuela con las maestras qué pudo haberle pasado”.
Salí del consultorio un poco más tranquila con la receta y con un signo de interrogación enorme, en mi cabeza se atravesaban muchas preguntas: “¿Qué pasó?, ¿Cómo no se acuerda?, ¿El señor de la guitarra es un extraño, la habrá tocado, le habrán hecho daño?, ¿Será la única Valeria?, ¿Por qué a ella?”.
Llegué a la casa a llorar pues oía a Valeria gritar de dolor al ir baño, después tenía que limpiar perfectamente el área como si fuera de nuevo un bebé y aplicarle la pomada que cerraría la herida.
Esa noche la llevé a dormir a mi cuarto, le leí un cuento y le tomé la mano. Me invadió una culpa terrible y la pregunta que de seguro todas las mamás que pasan por algo similar se hacen: “¿Dónde estaba yo?” “¿Cómo podría haberlo evitado?”
Valeria cayó dormida y aproveché para escribirle a la maestra y contarle lo que sucedió. Me dijo que estuviera tranquila que debería de haber otra explicación. El abuso para ella no era ninguna opción.
¡Qué ganas de creerle!
Horas pasé en el internet buscando señales de abuso a menores, estas fueron las que encontré:
1. Apatía-
2. Cambios drásticos en el estado de animo–
3. Falta o exceso de apetito-
4. Cambios en el sueño-
5. Enuresis-
6. Bajo rendimiento escolar-
7. Miedo a ser revisado por el medico-
Gracias a Dios mi hija no tenía ni uno solo de los síntomas. Algo pasó pero no fue abusada sexualmente.
Ojo, muchos de los síntomas van apareciendo poco a poco no es de un día para el otro. Son focos rojos que debemos tener en mente.
Al día siguiente mi hija no fue a la escuela, a primera hora me llamó la directora para decirme que ya había hablado con todo el personal y nadie vio nada extraño. Me agendó una cita con la psicóloga de la escuela y me dejó claro que cualquier cosa que necesitara yo y mi hija ella estaría al pendiente.
El día transcurrió tranquilo excepto por los momentos de ir al baño y poner el medicamento en el área afectada. Seguí preguntándole sobre el día anterior sin insistir ni presionar.
Le conté a mi hija que un día me senté en el piso y sin fijarme que había juguetes tirados, me lastimé, en ese momento abrió los ojos y me dijo: “Má ayer que fue el señor de la guitarra a ensayar, nos sentaron en el jardín y sentí una ramita que se me enterró”.
Corrí a buscar el pants que se puso ese día y ví un hoyito de esa ramita que se le enterró y una gotita de sangre. Descansé, mi alma descansó; sin duda fueron las peores horas de mi vida y no se las deseo a nadie.
Desde ese día hablé con mi hija. Así como el doctor le dijo que nadie podía tocarla se lo repito hasta el cansancio. Nadie, ni yo puede tocarla, debe cuidarse y hablar cuando sienta algo que no le guste.
La labor que hacen Guardianes es maravillosa pues están dando información para prevenir y estar atentos. Todos deberíamos conocer los síntomas y estar al pendiente de nuestros hijos, les dejó un infografia sobre los síntomas del abuso infantil

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No Comments Yet
  1. Grax Irene por este post tan importante q es de lo más importante q debemos de hablar con nuestros hijos, lloraba cuando empeze a leer y descance cuando llegue al final GAD!!
    Porfa publica mas sobre este tema, si bien platico con mis hijas pro siempre es mejor saber mas e informanos las unas a las otras!!

  2. Gracias y sigue los hashtags de #MamasGuardianes para que leas más sobre este tema cada semana estamos publicando un texto diferente sobre este tema.

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